Me echaron de la iglesia por no poder quedarme quieto
El pastor me llamó al frente. Dijo que mi inquietud era «falta de respeto a Dios». Tenía 14 años. Tardé 20 años en entender que no era rebeldía — era TDAH.
El pastor me llamó al frente. Dijo que mi inquietud era «falta de respeto a Dios». Tenía 14 años. Tardé 20 años en entender que no era rebeldía — era TDAH.
Me senté en esa banca como todos los domingos. Pero mis pies no podían parar. Mis manos buscaban algo, cualquier cosa. Mis ojos viajaban por las ventanas, por los techos, por los rostros de la gente. No era que no quisiera escuchar. Mi cerebro no podía procesar sin moverse.
Cuando el pastor me señaló desde el púlpito, sentí algo que nunca olvidé: vergüenza sagrada. El tipo de vergüenza que se mete dentro de la fe y la pudre desde adentro. «Dios te está mirando y tú estás siendo irrespetuoso» — esas palabras se quedaron grabadas en algún lugar de mi sistema nervioso donde aún duelen.
Mi mamá me tomó del brazo al salir. No me dijo nada. No tenía qué decir. Los dos sabíamos que ese era mi último domingo en ese lugar.
Durante dos décadas, conecté espiritualidad con vergüenza. Cada vez que intentaba acercarme a la fe, esa escena regresaba. El señalamiento. Las miradas. La certeza de que había algo fundamentalmente malo en mí.
Cuando me diagnosticaron TDAH a los 34 años, lo primero que lloré no fue alivio. Fue rabia. Rabia por todos los domingos que me enseñaron que mi neurología era un pecado.
El TDAH no es falta de respeto. No es rebeldía. No es tibieza espiritual. Es un sistema nervioso que necesita movimiento para procesar. Es un cerebro que se distrae no porque no le importe, sino porque le importan demasiadas cosas a la vez.
Si creciste en una iglesia donde te dijeron que eras demasiado inquieto, demasiado ruidoso, demasiado difícil — quiero que escuches esto: Dios no te rechazó esa mañana. Los hombres lo hicieron. Y hay una diferencia enorme entre los dos.
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