«Ora más y te vas a curar»: lo que la iglesia no entiende del TDAH
Me dijeron que mi TDAH era falta de fe. Que si orara más, me concentraría. Que el problema era espiritual. Estaban equivocados — y ese error me costó una década.
Me dijeron que mi TDAH era falta de fe. Que si orara más, me concentraría. Que el problema era espiritual. Estaban equivocados — y ese error me costó una década.
Tenía 19 años cuando le conté a mi líder de célula que no podía terminar de leer la Biblia. No era pereza. Era que llegaba al tercer versículo y mi mente ya estaba en otro continente. Empezaba devocionales que nunca terminaba. Hacía promesas de ayuno que olvidaba a mitad del día. Me perdía en los cultos largos. Me distraía en la intercesión.
«Eso es el enemigo» — me dijo con total convicción. «Tienes que pelear espiritualmente por tu mente.»
Así que peleé. Dios sabe cuánto peleé. Más oración. Más ayuno. Más guerra espiritual. Y mientras más peleaba, más me fallaba. Y mientras más me fallaba, más me convencía de que era yo el problema. Que mi fe era débil. Que Dios estaba decepcionado.
Lo que nadie en esa sala de liderazgo sabía — y probablemente yo tampoco — es que el TDAH tiene un componente llamado disfunción ejecutiva. No es falta de voluntad. Es una diferencia neurológica real, con base biológica, documentada, que afecta la memoria de trabajo, la regulación emocional y la atención sostenida.
No se cura con oración. Del mismo modo que la diabetes no se cura con fe — aunque la fe puede acompañar el proceso de vivir con ella.
Cuando finalmente busqué un diagnóstico y empecé un proceso de coaching especializado, entendí que todos esos años de «falla espiritual» habían sido años de falla en la comprensión. Mía, de mi comunidad, de quienes se suponían que debían guiarme.
Hoy sigo siendo una persona de fe. Pero mi devoción luce diferente. Es más corta, más honesta, más encarnada. No me exijo una hora de lectura ininterrumpida — me doy cinco minutos presentes. No me juzgo por el distrae — celebro cuando vuelvo.
La espiritualidad de un cerebro neurodivergente no es inferior. Es diferente. Y diferente no es menos sagrado.
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