El líder que me llamó «poseído» por no poder enfocarme en el culto
No estaba poseído. Tenía TDAH. Pero ese día algo sí murió en mí: la capacidad de sentirme bienvenido en un espacio sagrado.
No estaba poseído. Tenía TDAH. Pero ese día algo sí murió en mí: la capacidad de sentirme bienvenido en un espacio sagrado.
Fue durante una noche de alabanza extendida. Tres horas de culto. Música, predicación, altar. Yo intentaba mantenerme presente, de verdad lo intentaba. Pero mi cuerpo se resistía. Mis piernas se movían solas. Mi mente saltaba entre ideas que no podía controlar. Empecé a garabatear en mi cuaderno de notas — siempre había sido la única forma en que podía escuchar de verdad.
El líder me vio desde el frente. Paró la música.
«Hay alguien aquí que está bloqueado espiritualmente. Que no puede entrar en la presencia de Dios porque algo lo está impidiendo.»
Todos sabían que hablaba de mí.
Me llamó al frente. Oró sobre mí. Me preguntó si había pecado oculto. Si había «puertas abiertas». Si había algo en mi vida que le daba acceso al enemigo.
Yo tenía 22 años. Estaba temblando. No de unción. De humillación.
Lo que ese hombre no sabía es que el TDAH afecta la capacidad de regulación sensorial. Un culto de tres horas con luces, música intensa, multitudes y exigencia de atención sostenida es, para un cerebro neurodivergente, una tormenta neurológica. No es falta de fe. Es sobrecarga del sistema nervioso.
Salí de ese culto con algo roto por dentro que tardó años en sanar.
El camino de regreso empezó cuando por fin puse nombre a lo que era. TDAH. No posesión. No rebeldía. No tibieza. Una condición neurológica que nadie me había explicado y que yo había confundido con defecto moral durante toda mi adolescencia y juventud.
Hoy acompaño a personas que vivieron historias como la mía. Personas que aprendieron en la iglesia que su neurología era evidencia de su distancia con Dios. Y lo que les digo es siempre lo mismo:
Tu cerebro no es tu condena. Es tu punto de partida.
Y desde donde estás, se puede construir algo hermoso.
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