neurodivergencia·19 de abril de 2026·2 min de lectura

El líder que me llamó «poseído» por no poder enfocarme en el culto

No estaba poseído. Tenía TDAH. Pero ese día algo sí murió en mí: la capacidad de sentirme bienvenido en un espacio sagrado.

Félix Abel Loya

Félix Abel Loya

Coach · Escritor · Conferencista

Este artículo no busca destruir la fe. Busca ayudar a distinguir entre la fe que libera y las estructuras que pueden limitar la conciencia. Su propósito es restaurar el discernimiento, no reemplazarlo.

No estaba poseído. Tenía TDAH. Pero ese día algo sí murió en mí: la capacidad de sentirme bienvenido en un espacio sagrado.

Fue durante una noche de alabanza extendida. Tres horas de culto. Música, predicación, altar. Yo intentaba mantenerme presente, de verdad lo intentaba. Pero mi cuerpo se resistía. Mis piernas se movían solas. Mi mente saltaba entre ideas que no podía controlar. Empecé a garabatear en mi cuaderno de notas — siempre había sido la única forma en que podía escuchar de verdad.

El líder me vio desde el frente. Paró la música.

«Hay alguien aquí que está bloqueado espiritualmente. Que no puede entrar en la presencia de Dios porque algo lo está impidiendo.»

Todos sabían que hablaba de mí.

Me llamó al frente. Oró sobre mí. Me preguntó si había pecado oculto. Si había «puertas abiertas». Si había algo en mi vida que le daba acceso al enemigo.

Yo tenía 22 años. Estaba temblando. No de unción. De humillación.

Lo que ese hombre no sabía es que el TDAH afecta la capacidad de regulación sensorial. Un culto de tres horas con luces, música intensa, multitudes y exigencia de atención sostenida es, para un cerebro neurodivergente, una tormenta neurológica. No es falta de fe. Es sobrecarga del sistema nervioso.

Salí de ese culto con algo roto por dentro que tardó años en sanar.

El camino de regreso empezó cuando por fin puse nombre a lo que era. TDAH. No posesión. No rebeldía. No tibieza. Una condición neurológica que nadie me había explicado y que yo había confundido con defecto moral durante toda mi adolescencia y juventud.

Hoy acompaño a personas que vivieron historias como la mía. Personas que aprendieron en la iglesia que su neurología era evidencia de su distancia con Dios. Y lo que les digo es siempre lo mismo:

Tu cerebro no es tu condena. Es tu punto de partida.

Y desde donde estás, se puede construir algo hermoso.

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Aviso importante: ODRES y los servicios de Félix Abel Loya son recursos educativos de coaching de vida, mentoría ministerial y desarrollo de liderazgo. No constituyen psicoterapia, evaluación psicológica, diagnóstico, tratamiento médico ni servicios de salud mental, y no sustituyen la atención de profesionales con licencia. Si atraviesas una crisis o necesitas atención clínica, busca ayuda inmediata de un profesional o de los servicios de emergencia de tu localidad. Los resultados varían y no se garantizan resultados específicos. Cada participante conserva la responsabilidad sobre sus decisiones y acciones.